PRESENTACIÓN

El profesor Ramón Sarró ha
dedicado su vida a la investigación de la locura, construyendo su doctrina a
partir del contacto permanente y duradero con el enfermo, y culminándola con
la concepción del Horno Demens. La trayectoria de su pensamiento se
inicia en su Tesis Doctoral con el estudio fenomenológico de dos pacientes (Gelabert
y Serrano). Desde entonces su atención ha apuntado siempre a la misma
dirección: la de comprender al enfermo endodelirante. Toda su labor de
investigación –en la que siempre han estado presentes estos dos casos, sus
publicaciones y su esfuerzo científico han tenido esta meta como razón última.
Incluso este libro podría considerarse como una nueva y definitiva
reinterpretación de los dos casos clínicos de su tesis doctoral, dado el
espacio que les dedica.
¿Por
qué esta denominación de homo demens.?.
Esta es la pregunta que trata de responder este libro.
La
denominación de homo demens
al endodelirante se justifica por la
metamorfosis anémica que experimenta el paciente y en la que tiene lugar el
delirio y la alucinación. Todas las escuelas y autores admiten un cambio
irreversible en la estructura de la personalidad del esquizofrénico. Los
familiares y amigos del paciente se percatan también de este cambio. El mismo
paciente es en buena parte consciente de esta mutación y en ocasiones la
explica con claridad. Así, un paciente con delirio mesiánico nos decía: "El
José Antonio de antes murió en un accidente de coche y se puso en mí Dios.
Ahora yo soy Dios". En ocasiones, la ruptura biográfica no es tan intensa y el
paciente no tiene que recurrir a la muerte para explicarla. La transformación
psicótica es entonces experimentado como un "darse cuenta": Por ejemplo,
Bernardo, durante el Servicio Militar, descubre de pronto que en realidad es
hijo de Freud y de Leonardo de Vinci, ya que "puede penetrar en la mente de
los demás y curarles sin necesidad de hacer psicoterapia".
Otros pacientes explican
su transformación como el resultado de una atroz tortura. Tal es el caso de
Susana: "Me cortaron en trozos y me quitaron toda la carne para ponérsela a
otros. Me cambiaron los nervios de la cara y el cerebro, me pusieron una pila
en la cabeza. No soy yo; hago lo que ellos quieren. No ando yo, lo hacen mis
vísceras".
En los casos de máxima
gravedad, el paciente no es consciente de la mutación que ha experimentado y
cree que ha existido siempre así. Uno de los mesías cósmico hacía estas
manifestaciones: "Soy de otra galaxia que se llama Yunes y he venido a la
tierra para salvaros". Otro paciente que se llamaba a sí mismo La Madre de
Dios del Consuelo, nos decía: "Yo nací de la humedad de una roca y una rata me
amamantó". En ambos casos, como puede observarse, la desidentificación es
absoluta. Los dos reniegan de su personalidad prepsicótica.
La enormidad de esta
transformación total de la personalidad que se manifiesta corno una nueva
forma de ser y de existir, es la que justifica la hipótesis de la
transformación del hombre normal en horno demens. Es decir, una manera
de ser que siendo deficitario puede generar también aspectos brillantes de
capacidad creativa verbal y plástica aunque siempre dentro de la esfera de la
irracionalidad -a veces, un conglomerado de frases absurdas y como expresión de
un sistema delirante que abarca el universo.
El punto de partida de las
investigaciones del profesor Sarró fue la vivencia de nihilización
del mundo,
a la que Freud y sobre todo Schilder concedieron un papel central, como
vivencia clave pura la comprensión del delirio. La vivencia del fin del mundo
no es interpretada según la teoría de regresión de la líbido. Para Sarró, no
se trata de una expresión simbólica, sino de una expresión ontológica. En el
plano neurobiológico representa una catástrofe cerebral: una región cerebral
evolucionada y adaptada a la realidad, dejaría de funcionar,
impidiendo la situación relacionar previa. La vivencia del fin del mundo
vendría a ser por tanto la concienciación endopsíquica del descenso del nivel
global del cerebro a un plano ontogenéticamente inferior, y, como consecuencia
de ello, el paciente no volvería a recuperar su fisonomía anterior.
CONSIDERACIONES
La
psiquiatría hoy asiste a dos acontecimientos fundamentales: a un imparable
incremento de la investigación y terapéutica biológicas y un intento de
versión completa de la psicopatología a escalas de conducta o a vectores
algorítmicos; en otras palabras, estamos una vez más ante una época en
la que se expresa claramente el predominio nosológico "encefálico",
sobre la vía psicopatológica de la personalidad. Hay además otro aspecto
que sin duda ha contribuido a poner en relación los dos hechos apuntados: las
exigencias y la demanda de un mundo como el actual, decididamente técnico e
informatizado, avalado por la industria.
El
panorama se muestra prolífico, por cuanto se ha logrado un mejor conocimiento
de los procesos de neurotransmisión especialmente relacionados con la patología
de la afectividad.
Sin
denostar los positivos esfuerzos en el campo de la biología psiquiátrica,
sino resaltando las ventajas que las terapéuticas somáticas aportan a la clínica
diaria, debemos, sin embargo, insistir en los límites dentro de los que éstas
se enmarcan, reclamando una vez más la importancia y la trascendencia que la
psicopatología y la historia clínica continúan ostentando.
Porque
la psiquiatría no es sólo encéfalo, ni es sólo bioquímica, ni es sólo
psicopatología experimental. A lo largo de su historia ha oscilado entre dos
amplias tendencias: la orientación nosológica, es decir, aquella para la que
toda manifestación psicopatológica es 6 4sintomático" de un trastorno
biológico, generalmente cerebral, y la orientación personalista, que no se
pregunta por la existencia de "especies morbosas" sino que aspira a
esclarecer la estructura psíquica, tanto la normal como la alterada.
Por
esto cualquier reduccionismo -en este caso el nosológico/encefálico-, por
ventajas técnicas que aporte, puede suponer también en cierto sentido una
forma de retraso, un empobrecimiento del pensamiento psicopatológico.
El
verdadero cimiento de la psiquiatría no puede verse en la terapéutica. Si
consideramos que toda terapéutica en psiquiatría se alcanza siempre por vías
puramente empíricas, el valor de la historia clínica, como ya hemos dicho,
adquiere un mayor relieve.
Hoy
se conoce la locura por las descripciones que de ella nos hicieron los
psiquiatras. Y, para ser justos, debemos reconocer que, al margen de todos los
descubrimientos terapéuticos, los grandes psiquiatras lo han sido, sobre todo
por las historias clínicas que nos han dejado.
Describir
o historiar la locura no es tarea sencilla. Requiere unos conocimientos y una
experiencia excepcionales ya que no se trata de un relato biográfico, sino de
un acontecimiento vital de extraordinaria magnitud, ajeno a las referencias
cotidianas.
No
son pocos los psiquiatras dotados de sólida información, capacidad de
observación y destreza literaria que, sin embargo, no consiguieron en
sus historias clínicas mantenerse fieles a la naturaleza de la locura. La razón
de ello no puede por tanto achacarse a la
insuficiencia
o a la ineptitud de sus autores, sino más bien a que éstos las escribieron
ateniéndose generalmente a esquemas psicológicos o psicopatológicos
elaborados bajo una tendencia de selección de trastornos o síntomas a los
que podrían adscribirse alteraciones concretas psíquicas o cerebrales.